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El Foro UNIR desvela cómo actuar frente a la desigualdad sanitaria en América Latina

24 / 03 / 2026

La brecha en salud en Latinoamérica no se explica solo por enfermedades, sino por pobreza, ruralidad y barreras de acceso. Especialistas sanitarios analizaron cómo la epidemiología puede traducir evidencia en intervención y orientar políticas más justas.

La salud en América Latina no depende únicamente de la capacidad de los hospitales ni del número de profesionales sanitarios disponibles. También está determinada por factores más profundos y persistentes: el lugar donde se nace, el nivel de ingresos, la educación, la ruralidad y la posibilidad real de acceder a atención oportuna. En ese terreno, la epidemiología no puede limitarse a describir lo que pasa. Tiene que ayudar a transformar esa realidad.

Esa fue una de las ideas centrales de la última edición del Foro UNIR, un encuentro centrado en el papel de la epidemiología para identificar desigualdades, priorizar recursos y orientar respuestas con enfoque de equidad en salud, especialmente en contextos marcados por brechas estructurales como los de Colombia y otros países de la región.

Máster Universitario en Epidemiología y Salud Poblacional

Participaron Julián Manuel Domínguez Fernández, jefe de Sección de Medicina Preventiva y Salud Pública del Hospital Universitario de Ceuta; Inmaculada Aguilera Buenosvinos, coordinadora académica y profesora del Máster en Epidemiología y Salud Poblacional de UNIR; y Manuel García de la Vega Sosa, presidente de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública y Gestión Sanitaria.

Desde el inicio, Julián Domínguez fijó el marco del debate con una afirmación que atraviesa todo el foro: “Sin medición de las desigualdades, la epidemiología se queda en el promedio”. La advertencia no es menor. En América Latina, medir mal o medir poco significa no ver a quienes quedan fuera del sistema y, por tanto, no intervenir donde más se necesita.

Cinco claves del Foro UNIR

  • La desigualdad no es un contexto secundario, es el núcleo del problema: “La pobreza es la causa de las causas”, afirmó Julián Domínguez, al explicar que muchas brechas sanitarias en América Latina comienzan antes del contacto con el sistema de salud.
  • Inmaculada Aguilera subrayó que “la desigualdad económica no es solamente un indicador macroeconómico, sino un determinante estructural de salud”, y defendió una mirada más amplia que integre también educación, género y territorio.
  • No hay intervención eficaz sin datos útiles para decidir: “Los datos tienen que guiar a la acción”, recordó Julián Domínguez, al insistir en que la vigilancia epidemiológica solo tiene sentido si permite priorizar políticas y recursos.
  • Manuel García de la Vega advirtió que “debemos invertir en salud pública, no solamente en enfermedad”, y vinculó esa necesidad con una mayor preparación ante futuras crisis sanitarias en la región.
  • La epidemiología necesita salir del escritorio y acercarse al terreno: “Hay que pasar de una epidemiología de salón a una epidemiología para la acción”, defendió Julián Domínguez, al reclamar perfiles más conectados con la comunidad y la atención primaria.

Donde empieza la desigualdad

Uno de los mensajes más claros del foro fue que muchas de las desigualdades sanitarias en América Latina no se originan en el acto médico, sino mucho antes. Comienzan cuando una persona vive lejos de un centro de salud, no puede costear el desplazamiento, no tiene cobertura suficiente o se enfrenta a barreras administrativas que retrasan la atención.

Domínguez lo planteó desde una lógica práctica y territorial. Si la población no accede a la atención primaria, tampoco entra en el radar del sistema. Y si no entra en el radar, no hay datos fiables, ni diagnóstico poblacional, ni programas ajustados a la realidad. En ese punto, la epidemiología deja de ser una herramienta de equidad y se convierte en una estadística incompleta.

En países como Colombia, donde conviven áreas urbanas densamente pobladas con territorios rurales dispersos, ese desafío es especialmente visible. La ruralidad, como insistió el ponente, no es un dato más: es un factor de exclusión sanitaria. Allí donde el sistema llega tarde o llega mal, la desigualdad se cronifica.

Por eso, el foro puso el foco no solo en medir enfermedad, sino en entender cómo la sociedad organiza el acceso a la salud. Esa transición desde los “determinantes sociales” a la “determinación social” no es un matiz académico. Es un cambio de enfoque: no basta con enumerar factores de riesgo, hay que comprender las estructuras que los producen.

Donde empieza la respuesta

La atención primaria apareció como el gran eje vertebrador del debate. No solo porque constituye la puerta de entrada al sistema, sino porque es el espacio donde mejor se detectan las desigualdades, se construyen diagnósticos locales y se pueden diseñar respuestas preventivas.

Domínguez defendió que “la salud pública y la vigilancia epidemiológica tienen como base la atención primaria”. Desde ese nivel se puede conocer la morbilidad real, identificar necesidades percibidas por la comunidad y traducirlas en programas de salud más ajustados al territorio. Sin esa base, cualquier política sanitaria corre el riesgo de volverse abstracta o tardía.

A esa idea se sumó Manuel García de la Vega, que insistió en el valor estratégico de la prevención y del trabajo coordinado entre distintos niveles asistenciales. “No se trata solo de reaccionar cuando la enfermedad ya está instalada, sino de construir sistemas capaces de anticiparse, sobre todo en regiones donde la desigualdad social y geográfica condiciona el pronóstico desde el inicio”, afirmó.

Epidemiología que interviene

Una de las preocupaciones centrales del foro fue cómo pasar del diagnóstico a la acción. La respuesta de los ponentes fue clara: la epidemiología solo cumple su función cuando logra influir en la toma de decisiones.

Eso exige datos, sí, pero no cualquier dato. Exige información útil, fiable, territorializada y conectada con prioridades sanitarias reales. También exige liderazgo, comunicación y capacidad para trabajar con responsables políticos, gestores y equipos clínicos. En otras palabras, el epidemiólogo ya no puede ser solo un técnico que genera informes; tiene que ser un actor que traduce evidencia en intervención.

Manuel García de la Vega insistió en que la pandemia de la COVID-19 dejó lecciones muy importantes para la región y para Europa. Una de ellas es que los sistemas sanitarios frágiles se colapsan antes. Otra, que la salud pública necesita más inversión, más coordinación y más prestigio institucional. La prevención no puede seguir ocupando un lugar secundario frente a la asistencia.

En ese punto, los tres expertos coincidieron en algo esencial para Colombia y para América Latina: se necesitan perfiles mejor formados, con competencias analíticas, visión social, capacidad de evaluación y una comprensión profunda de los determinantes estructurales.

Formación continua

La epidemiología sigue siendo una de las herramientas más poderosas para transformar la salud colectiva, pero necesita profesionales preparados para moverse entre datos, territorio, política pública y comunidad.

En América Latina, donde las desigualdades sanitarias siguen marcando la esperanza y la calidad de vida de millones de personas, esa formación no es un lujo académico. Es una necesidad estratégica.

Como recordó Domínguez al final del encuentro: “un buen epidemiólogo puede cambiar mucho más que una estadística: puede contribuir a salvar miles de vidas si convierte la evidencia en acción”.

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