Foro UNIR debatió sobre cómo en un país tan diverso, el cambio no pasa por copiar fórmulas, sino en construir respuestas pedagógicas arraigadas en cada comunidad y orientadas a que nadie se quede fuera de las oportunidades que la escuela ofrece.

Los 7 puntos claves del Foro UNIR
- El contexto sí importa: Las metodologías activas no funcionan por sí solas ni de la misma manera en todos los lugares. Su efectividad depende de que dialoguen con el territorio, con las condiciones de los estudiantes y con las necesidades reales de cada comunidad educativa.
- La innovación no es una moda: Innovar no equivale a usar tecnología o a hacer actividades llamativas. La innovación educativa empieza cuando el docente identifica un problema concreto en el aula y propone una mejora que transforme de verdad el aprendizaje.
- El estudiante debe ser protagonista: El foro insistió en que aprender no puede seguir siendo un proceso pasivo. Las metodologías activas tienen sentido cuando logran que el alumno participe, investigue, tome decisiones y construya conocimiento con propósito.
- Sin escucha no hay transformación: Estandarizar sin mirar la realidad del estudiante puede cerrar puertas en lugar de abrirlas. Escuchar, flexibilizar y reconocer diferentes formas de aprender es clave para que nadie se quede por fuera del proceso educativo.
- La comunidad sostiene el cambio: La transformación del aula no depende únicamente del profesor. Directivos, familias, líderes del territorio y estudiantes deben trabajar de forma articulada para que las metodologías se mantengan y produzcan impacto duradero.
- La ruralidad ofrece oportunidades pedagógicas: Lejos de ser un límite, los contextos rurales pueden convertirse en escenarios privilegiados para el aprendizaje activo. El entorno, los saberes locales y los problemas reales son una base poderosa para proyectos significativos.
- La pedagogía está por encima de la herramienta: Ni la tecnología ni la inteligencia artificial sustituyen el criterio docente. El valor de cualquier recurso depende del uso pedagógico que se haga de él y de su capacidad para fortalecer el pensamiento crítico.
Las metodologías activas no son una moda ni dependen de la tecnología: funcionan cuando parten del contexto, escuchan al estudiante y convierten el aula en una experiencia con sentido. Este fue uno de los grandes mensajes del Foro UNIR: ‘Metodologías activas para transformar tu aula’, que reunió voces expertas para pensar y debatir sobre una educación más cercana, más humana y más transformadora. El mensaje se centró en que innovar no es hacer más cosas, sino hacer mejor aquello que realmente necesita cada comunidad educativa.
En este contexto, las metodologías activas se han convertido en una de las grandes apuestas de la educación contemporánea, pero su verdadero valor no está en el nombre ni en la tendencia, sino en su capacidad para transformar la relación entre la enseñanza, el estudiante y el territorio.
Porque la innovación educativa solo cobra sentido cuando logra conectar el aprendizaje con la vida real, con las necesidades de la comunidad y con el propósito profundo de formar personas capaces de construir su propio proyecto de vida.
En el foro participaron Daniela Narváez, subdirectora del movimiento Enseña por Colombia; Alicia Martínez de la Muela, directora ejecutiva del Máster Universitario en Innovación Educativa de UNIR; y Ainhoa Arana Cuenca, directora ejecutiva del Máster Universitario en Metodologías Activas de Enseñanza-Aprendizaje de UNIR. La periodista Ana Gugel condujo una conversación enfocada en cómo llevar estas estrategias al aula de manera realista, pertinente y con impacto en entornos diversos, especialmente en Colombia.
La intervención inicial de Daniela Narváez situó la conversación en el terreno de las brechas educativas que todavía persisten en el país y la necesidad de responder a ellas con propuestas centradas en las personas.
Desde la experiencia de Enseña por Colombia, la directiva defendió una transformación educativa que no se limite a los contenidos ni a las cifras, sino que parta de las trayectorias, de las historias y de las posibilidades de cada estudiante. Para hacerlo visible, compartió el testimonio de Lady Cardona, una docente rural que decidió recorrer caminos, montañas y ríos para ir al encuentro de las familias de sus estudiantes cuando ellas no acudían a la escuela.
Esa historia marcó el tono del foro. Más que una anécdota, se presentó como una prueba de que el aprendizaje cambia cuando el docente deja de mirar solo el aula y empieza a comprender el entorno. La experiencia de Cardona permitió mostrar que muchas veces la distancia entre la escuela y la comunidad no es falta de interés, sino una suma de barreras, heridas y realidades que requieren ser entendidas antes que juzgadas. Al final, cuando las familias comenzaron a asistir y a participar, la enseñanza dejó de ser un ejercicio encerrado en cuatro paredes para convertirse en un vínculo.
Cuando la escuela sale al encuentro de la comunidad
A partir de ese ejemplo, el foro defendió que las metodologías activas no son una receta única, sino una forma de entender la educación desde la escucha, la contextualización y la participación. Narváez insistió en que una metodología solo funciona cuando conversa con el territorio, con sus oportunidades, con sus dificultades y con las expectativas de los estudiantes. “No basta con aplicar una estrategia atractiva o innovadora en apariencia: hace falta preguntarse para qué sirve, con qué necesidad dialoga y qué transformación concreta puede producir”, dijo.
En ese sentido, Enseña por Colombia expuso su trabajo en programas que articulan liderazgo, pedagogía, acompañamiento en territorio y medición de resultados. Pero, más allá de la estructura, lo más valioso de su planteamiento fue la convicción de que las transformaciones duraderas no se producen en soledad. “Las metodologías de aprendizaje funcionan cuando trabajamos con los diferentes actores de las comunidades educativas”, señaló. Esa afirmación condensó una de las ideas más potentes del encuentro: el éxito de una propuesta pedagógica no depende solo del docente, sino también del respaldo de directivos, familias, líderes locales y estudiantes.
La noción de liderazgo colectivo apareció así como una pieza decisiva. Frente a la tentación de pensar que innovar es responsabilidad exclusiva del maestro que está frente al grupo, el foro propuso ampliar la mirada. Una comunidad educativa que acompaña, se organiza y se compromete puede sostener mejor los cambios y convertir una experiencia aislada en una práctica con continuidad. El ejemplo del docente que impulsó un proyecto productivo con pollos en una vereda del Urabá antioqueño sirvió justamente para ilustrar esa idea: cuando el proyecto deja de ser del profesor y pasa a ser de la comunidad, se vuelve sostenible y significativo.
Innovar es responder a necesidades reales
La conversación avanzó entonces hacia un punto clave: qué debe entenderse hoy por innovación educativa. Alicia Martínez de la Muela explicó que “el término suele confundirse con novedad, tecnología o espectacularidad”. Sin embargo, defendió una visión mucho más rigurosa y útil: “Innovar es identificar una necesidad real del aula y diseñar una respuesta que mejore el proceso de enseñanza-aprendizaje”, afirmó. Desde esa perspectiva, una práctica puede ser profundamente innovadora sin depender de dispositivos digitales ni de grandes recursos.
Para Martínez de la Muela, “el foco debe ponerse en el estudiante, en lo que necesita, en cómo aprende y en qué barreras le impiden participar o avanzar”. La verdadera innovación, subrayó, no reside en llenar la clase de herramientas, sino en generar condiciones para que el alumno comprenda, participe y adquiera habilidades relevantes para el presente. “La verdadera innovación reside principalmente en mirar a mis alumnos”, destacó. Su intervención reforzó la idea de que la transformación pedagógica empieza por una observación atenta del contexto y no por la adopción mecánica de tendencias.
Ana Gugel, con Daniela Narváez, Alicia Martínez de la Muela y Ainhoa Arana Cuenca.
Ese planteamiento se enlazó con una preocupación recurrente en el chat del foro: cómo actuar cuando los estudiantes no responden, se muestran desmotivados o no participan como se espera. En ese momento volvió a aparecer un principio fundamental, que dice que antes de concluir que el alumno no quiere aprender, hay que revisar si la escuela le está ofreciendo una experiencia que tenga sentido para él. La educación, sugirieron las expertas, no puede seguir anclada únicamente en la transmisión de contenidos desconectados de la realidad. “Hoy más que nunca, los jóvenes necesitan comprender por qué aprenden y para qué les sirve lo que sucede en el aula”, coincidieron en señalar.
Daniela Narváez lo expresó de manera directa al recordar que las nuevas generaciones exigen una relación distinta con la escuela. Ya no basta con la obediencia ni con la rutina. “Nuestros estudiantes necesitan encontrar un sentido para la escuela”. En su intervención sostuvo que, si el sistema educativo no logra enamorar a los estudiantes del aprendizaje, otros escenarios ocuparán ese lugar. “No se trata de competir con el mundo exterior desde el entretenimiento, sino de ofrecer experiencias formativas relevantes, capaces de abrir horizontes y de despertar posibilidades”, defendió.
Metodologías activas con propósito pedagógico
En la segunda parte del foro, Ainhoa Arana Cuenca aterrizó una idea especialmente útil para los docentes: no existe una metodología activa universalmente mejor. Según explicó, “lo decisivo no es el nombre de la estrategia, sino su pertinencia frente a un objetivo concreto, un grupo determinado y un contexto específico. Aula invertida, aprendizaje cooperativo, aprendizaje basado en proyectos, gamificación, aprendizaje-servicio o visual thinking pueden ser valiosos, pero siempre que respondan a una intención pedagógica clara”.
Arana Cuenca insistió en que uno de los riesgos más frecuentes es convertir estas metodologías en modas vacías o en listas de técnicas que se aplican sin reflexión previa. Por eso subrayó que la pregunta central no es saber qué estrategia está de moda, sino qué se quiere lograr con ella. “Lo importante es el objetivo de ese aprendizaje”, apuntó. A partir de ahí, defendió la necesidad de que el docente conozca cómo, cuándo y dónde usar cada propuesta, y también que sepa adaptarla a las características de su grupo.
Ese énfasis permitió desmontar otra idea extendida que dice que las metodologías activas dependen necesariamente de la conectividad o de la tecnología. Las expertas coincidieron en que esta asociación es limitada e incluso injusta con muchos contextos rurales o con instituciones que trabajan con recursos limitados. Lejos de ser una desventaja inevitable, el territorio puede convertirse en una fuente inmensa de posibilidades pedagógicas. La ruralidad, de hecho, apareció durante el foro como un escenario fértil para proyectos conectados con la comunidad, el entorno natural, las necesidades locales y la solución de problemas reales.
Arana Cuenca defendió con entusiasmo esta visión y recordó que la falta de tecnología no impide el aprendizaje activo. “No hace falta contar con tecnología para utilizar metodologías activas”, reveló. El foro recogió múltiples ejemplos de experiencias escolares capaces de activar el pensamiento crítico, la colaboración y el liderazgo sin depender de pantallas ni plataformas. Lo decisivo, se dijo, es que el estudiante deje de ser un receptor pasivo y se convierta en protagonista del proceso, que investigue, tome decisiones, construya respuestas y se comprometa con su propio aprendizaje.
Escuchar al estudiante para no enseñar de espaldas a su realidad
Uno de los momentos más reveladores del encuentro llegó cuando Daniela Narváez fue preguntada por los errores que deberían evitar los docentes al implementar nuevas metodologías. Su respuesta apuntó a una falla tan frecuente como silenciosa: la estandarización sin escucha. Para explicarlo, compartió la historia de un docente que pidió a sus estudiantes grabar un vídeo como parte de una actividad, sin saber que uno de ellos no contaba con un celular en casa para cumplir la tarea. Solo cuando decidió hablar con el joven y entender lo que estaba ocurriendo, pudo ajustar la estrategia y abrir otras maneras de participación.
Ese caso funcionó como una alerta poderosa. Muchas veces, el problema no es la falta de compromiso del estudiante, sino una propuesta diseñada de espaldas a su realidad. En el Foro UNIR, las especialistas defendieron una pedagogía capaz de mirar a los alumnos a los ojos, reconocer sus condiciones concretas y flexibilizar las rutas sin renunciar a los objetivos de aprendizaje. No se trata de bajar expectativas, sino de diversificar caminos para que todos puedan avanzar desde sus posibilidades.
En esa línea, Ainhoa Arana Cuenca añadió otro matiz relevante: con frecuencia los docentes enseñan como ellos aprendieron, sin detenerse a pensar que existen múltiples maneras de acercarse al conocimiento. De ahí la importancia de ampliar la mirada, incorporar principios de diseño universal para el aprendizaje y reconocer que un mismo grupo puede necesitar estrategias distintas. Enseñar mejor, según se desprendió del encuentro, exige dejar atrás la idea de un estudiante estándar y asumir la diversidad como punto de partida.
Desafíos y oportunidades de la IA
La inteligencia artificial también apareció en la conversación como desafío y oportunidad. Lejos de plantearla como una amenaza que deba prohibirse, las expertas coincidieron en que la escuela tiene que enseñar a usarla con criterio, con pensamiento crítico y con sentido pedagógico. La pregunta ya no es si el alumnado la utilizará, sino cómo ayudarle a distinguir, contrastar y construir conocimiento con responsabilidad. Una vez más, la clave no estaba en la herramienta, sino en el enfoque formativo con que se incorpora.
El cierre del foro dejó una conclusión compartida: transformar el aula exige mucho más que aplicar técnicas innovadoras. Implica escuchar al estudiante, conocer el territorio, trabajar con otros, asumir el liderazgo y devolverle al aprendizaje un sentido profundo. Las metodologías activas, tal como se defendió durante toda la sesión, son valiosas cuando logran que la educación deje de ser una obligación vacía y se convierta en una experiencia viva, relevante y capaz de abrir futuro. En un país tan diverso como Colombia, esa transformación no pasa por copiar fórmulas, sino por construir respuestas pedagógicas arraigadas en cada comunidad y orientadas a que ningún estudiante quede por fuera de las oportunidades que la escuela puede ofrecer.







